EL CONCEPTO DOCENTE. ENTRE LO BURDO Y LO ESTRAFALARIO.

img-01-038111c0-47f7-4614-9a57-459a1bfec83cMartin Heidegger, notable filósofo alemán del siglo XX, sostiene en su pensamiento que el ser, ha sido olvidado y sometido al dominio de la cosificación, al de los entes. Esta idea, presentada allá por 1927 en su obra Ser y Tiempo, sigue en plena vigencia cuando el capitalismo bajo el cual vivimos, continúa a diario poniendo a lo material por encima de lo humano. La educación, parte vital del mecanismo de reproducción de desigualdades del reinante capital, no escapa al proceso de cosificar a los sujetos, y los docentes son víctimas igual que sus alumnos. Una de las maneras de ejercer poder sobre los educadores, es el famoso concepto docente. En su libro Vigilar y Castigar (1975), bien dice Michel Foucault, brillante analista de las formas de ejercicio del poder en la sociedad, “poder, es saber”, y hacerles creer a los profesores que, con una listita de ítems con calificación numérica del uno al cinco, se mide su desempeño laboral, es vender gato por liebre. Es otra simple forma de poner a los sujetos en su lugar en la estructura, de cosificarlos, haciéndolos medibles y mesurables, considerando aspectos que van de lo burdo a lo patético, pasando por lo ridículo y lo incomprobable sin escalas, creando una idea de que se supervisa la práctica docente.

Algunos directivos, cortos de contenidos y entregados al sentido común que en general es primo hermano de la ignorancia, pueden llegar a defender estos métodos, e incluso usarlos como una forma disciplinaria, y actuar en pos de los intereses del sistema. Pero ellos también son víctimas, y responden a lo que la sociedad capitalista y material demanda y exige. Nótese un ejemplo claro: los eximios pero desopilantes hombres del ministerio de educación, tienden a cambiar sistemas de planificaciones docentes cada año, haciendo que, los que están en la verdadera tarea de educar, tengan que perder tiempo valioso, modificando cuestiones irrisorias y nimias, que no mejorarán la educación en absoluto. Pero he allí, una jugada magistral del sistema. En el capitalismo, el tiempo de las personas debe estar en la mayor parte posible, al servicio de la estructura. Así, la persona no tiene tiempo para pensar y cuestionar, sino solo para obedecer y cumplir. Se pierden horas en talleres y jornadas maratónicas, pasando planificaciones del cuadrito a la listita y luego viceversa, y la educación sigue igual. Sin embargo, cuidado, porque alguno puede indicar que hay que cambiar el número de año a la planificación y entregarla calcada, pero, ese mismo sujeto cosificado, será el que luego tenga altura para calificar con puntos menos, en el ítem del concepto que atañe a la cuestión.

Ahora la pregunta es: ¿Y los alumnos? Bien gracias. El sistema educativo los pone como corresponde, siempre en el último lugar. Porque ahí está el eje de este asunto. Toda esta parafernalia burocrática del poder, siguiendo a Foucault, que cosifica y somete al ser al dominio de las cosas, como señala Heidegger, termina siempre en que la educación cambia, pero no mejora. Se supera, pero no enseña, y no produce seres críticos ni reflexivos. Vale rescatar como siempre, al último bastión de la esperanza, aquellos docentes que sí enseñan, y que tratan de hacer pensar a los jóvenes, que les muestran que puede haber un futuro mejor. En definitiva, ninguna planilla mide en lo más mínimo, el desempeño de un educador. La tarea de enseñanza se mejora en la misma práctica, en el día a día, y hay muchos profesores que cada jornada se ponen la 10, en términos futboleros, y sacan a relucir sus condiciones de cracks en cada clase. Para ellos, que pueden sentirse estafados o ninguneados en su trabajo en algún momento por el concepto docente, hay que decirles que, a las cuestiones circenses, no vale la pena rendirles importancia mayor al de un espectáculo de ese tipo.

Carlos Manuel Vicente

 

LOS DOCENTES MERECEN MAS QUE UN AUMENTO

El reclamo por un aumento salarial, de los docentes de todo el país, siempre es sinónimo de polémica. Muchos integrantes de la sociedad, se alzan a viva voz a criticar si se toman medidas de fuerza, y de inmediato se pone como excusa/rehenes a los chicos, haciendo alusión a que son los únicos que pierden si no hay clases. Más allá de ideologías políticas, que tienen gran injerencia en este meollo, la cuestión fundamental reside en el lugar que tienen los educadores en nuestra cultura capitalista. Por ello, termina siendo mucho más importante que un niño pierda un par de días de escuela, a que sus maestros y profesores reciban un salario digno, y lo eduquen con una enseñanza – aprendizaje de mayor calidad. Esto también se relaciona con la deformación de ciertos ideales, como el de la vocación: en nuestro país, tal valor, ya no es entendido como la pasión por llevar a cabo una actividad, sino como sinónimo de trabajar por poca plata en un laburo que pocos le dan importancia. Entonces si alguien pretende ser profesor, o estudia para otras actividades también mal remuneradas, debe aceptar que no recibirá una paga adecuada a sus capacidades ni su esfuerzo.

            De seguro la educación tiene sus falencias, ya que el sistema educativo nace de una intencionalidad política, y la dirigencia política es sinónimo de sectores dominantes. Hay que entender esto, para comprender que los engranajes que hacen funcionar la maquinaria de una sociedad capitalista, requieren de un amplio sector de dominados con un bajo nivel de educación, para que tales sectores dominantes sigan manteniéndose en esa posición. No es una casualidad que algunos señalen con el dedo a los docentes, porque la educación no tiene una posición de privilegio para las políticas del estado, y eso implica que los propios individuos, se pongan en contra de quienes son los únicos que pueden abrirles posibilidades a las generaciones futuras. Allí está el punto que hay que revertir. Hay que luchar y defender el salario docente, y desde la enseñanza, combatir todo aquello que va en contra de una educación de calidad para los alumnos. La tarea más ardua consiste, en poder difundir el conocimiento como elemento de cambio. No como una herramienta de progreso económico, sino como un instrumento de revolución social. Se tiene que velar por los derechos de los educadores y, defender la educación con la vida, ya que sólo en ella está el futuro de una sociedad igualitaria, en donde a los maestros se los vea como a una guía, y no como a empleados que no quieren laburar.

                                                                                   Carlos Manuel Vicente