LOS CAZADORES DE MENTIRAS

cazadores de mentirasHace mucho tiempo atrás, en un lugar desconocido del mundo, existía una pequeña aldea agraria. Serolod era su nombre: un diminuto sitio, enclavado en un valle rodeado por serranías, a la orilla de un río de aguas calmas. Fríos inviernos y sofocantes veranos, templaban el espíritu de los pocos habitantes. El tiempo transcurría con lentitud y a las personas parecía no importarles. Pero un día, uno que nadie recordaría después, las sombras llegaron a este lugar. Perin Primum fue elegido gobernante por el Consejo de los Elegidos, los ciudadanos más notables y los únicos que tenían derecho a votar. Tras pocos días de gobierno, el nuevo regente, eliminó el consejo y sus derechos, y estableció que, a partir de entonces el cargo máximo de autoridad, sería vitalicio. Algunos de los nobles protestaron, y trataron de buscar apoyo en las personas humildes, el pueblo. Pero no contaban con el instrumento mortífero que se había concebido para silenciarlos y garantizar el reinado de Primum: los cazadores de mentiras. Estos entes, a los cuales era imposible concebir como personas, eran almas despiadadas que vagaban ocultas por las calles. Cuando alguien alzaba la voz en contra de Perin, abandonaban su camuflaje y se mostraban con ropajes negros y los ojos rojos, desencajados de ira. El resultado era letal, o al menos así lo empezaron a creer los plebeyos, y los notables devenidos a menos. Cuando los cazadores aparecían, lo hacían en grupos de más tres integrantes. La víctima era insultada en voz alta y acusada de mentirosa. En un tris, la tomaban con fuerza y se la llevaban arrastrando sin que nadie pudiera ayudarle, al ayuntamiento general. Nunca más volvían a verle y nadie podía preguntar por ella. Con los años, la gente temía a estos seres y apenas susurraban palabras que pudieran ocasionarles el cruel destino.

Primum consiguió seguidores. Gente que necesitaba un trabajo, que se limitó a una pequeña labor y sumisión, a cambio de la supervivencia. El resto de la población, calló en silencio eterno y aceptó el castigo. Muchos ni siquiera entendían lo que pasaba, pero no se arriesgaban a que los cazadores de mentiras se los llevaran. Las décadas pasaron y el gobernante envejeció. Sus descendientes, enriquecidos por las maniobras corruptas de su progenitor, se disputaban la sucesión. Cuando al final el viejo soberano murió, la contienda por el poder se hizo violenta y ridícula. Crímenes y sangre derramada, hicieron que tan sólo uno sobreviviera, para hacerse con el trono. Sin embargo, Perin Tertium, el vencedor, no se había percatado que, un pueblo por más dormido que esté, siempre puede levantarse.

La rebelión se había organizado por los nobles, con el apoyo de los humildes, mientras los cazadores de mentiras no actuaban, al no recibir órdenes de nadie porque los dirigentes estaban ocupados matándose entre sí.  Cuando el último de los Perin quiso hacerse del cargo supremo, fue detenido a punta de lanza, por una multitud embravecida, que defendía la libertad. La horca en la plaza pública, fue la acción definitiva que acababa con la tiranía de décadas. El Consejo de los Elegidos fue restablecido, se convocaron elecciones donde resultó ganador un joven noble, y la paz regresó a la aldea. Sin embargo, aún quedaba el misterio de los cazadores de mentiras. ¿Quiénes habían sido? Era necesario enjuiciarlos para acabar con el viejo orden en forma definitiva.

Una mañana, alguien creyó reconocer a uno de los cazadores. El hombre, hablaba despacio en el mercado de la villa, y fue llamado a identificarse. Cuando el sujeto dijo su nombre, agregó levantando la frente en alto, seguir siendo un servidor del gran Pirin Primum, y que el nuevo gobernante de los Elegidos, era un traidor al pueblo. De inmediato tres ciudadanos lo rodearon y lo increparon acusándolo de embustero. En un instante, sujetaron al viejo servidor del antiguo régimen, y con fuerza se lo llevaron a rastras hacia el ayuntamiento. Una multitud consternada, miraba lo que pasaba. La mayor sorpresa era, que quienes escoltaban con violencia al sospechoso, habían transformado su aspecto en harapos blancos que les ocultaban las facciones. Ya nadie les reconocía, porque además, sus ojos estaban encendidos en un fuego azulino, a causa de la ira.

Carlos Manuel Vicente

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