ANIMITA

Herminio era un hombre supersticioso, algomonja blanca 10 religioso también, pero que ponderaba el espíritu de sacrificio y la voluntad del ser humano. Le rezaba a la virgencita para que no helara y se perdieran sus cultivos, aunque no dudaba en plantársele al mal tiempo, con su mejor cara. Se preocupaba, porque el viento sur venía insinuando antes de lo esperado, el crudo invierno. Conocía muy bien los presagios de los viejos gauchos, y las señales de la naturaleza le estaban impacientando. Caminaba por la chacra una tarde, cuando vio sobre un poste de itín, la famosa “animita blanca”, pregonera de las heladas. La impotencia que le envolvió el espíritu, se dio la mano con la rabia, y para desgracia del pajarito, el viejo llevaba la escopeta calibre 12 al hombro, y una muy buena puntería.

A la mañana siguiente, Herminio estuvo arriba antes del alba, apurando un mate caliente, al lado de un brasero. Afuera, el valle estaba cubierto de un manto blanco.

Carlos Manuel Vicente

LA ALEGRÍA POR UN PUESTO DE TRABAJO

El muchacho ingresó en la oficina con aire de entrevista_de_trabajoesperanza, pero al ver la cara del tipo sentado en un sillón, fumando un cigarro, la misma se le esfumó. Tuvo la certeza que algo no saldría bien, pero ya estaba en la cita y no se daría por vencido. Eduardo Mc Money, era el encargado de entrevistarle, representante de la compañía.

-¡Bien jovencito! Dime porque crees que te mereces el empleo- habló rápido el sujeto, mientras apagaba la colilla en un grotesco cenicero.

-Bueno señor… necesito el trabajo – respondió dubitativo.

-Ah, perfecto, pero no es eso lo que te pregunté. ¿Tienes experiencia en el área?

-No señor

– ¿Y en algún otro trabajo? – frunció el entrecejo.

-No señor. Busco mi primer empleo – respondió sincero el jovencito, aumentando su nerviosismo.

– ¿Qué nivel de estudios alcanzaste?

– Secundario completo, pero…

– ¡Con eso alcanza! – le interrumpió haciendo un ademán con la mano – puedo ofrecerte un puesto en atención al cliente. Más arriba en la escala no puedo ingresarte. No cumples los requisitos. Si te interesa, éstas son las condiciones. – dijo mientras le extendía un papel.

El chico tomó la hoja con cuidado y la leyó con cautela, pero de pronto se detuvo. No entendía mucho la mayoría de los incisos, sin embargo, algo estaba claro. La paga en un puesto en atención al cliente, era casi la mitad a la de cualquiera de los otros, e incluso mucho menor a todos los trabajos en los cuales había fallado conseguir, en los últimos seis meses. Cuando pensaba un momento, el hombre de elegante traje le habló otra vez.

– ¡No tienes todo el día jovencito! Hay miles de muchachos como tú allí afuera, esperando por un puesto.

– Disculpe señor, pero es que el salario…

– ¿Es bajo? – una sonrisa fugaz se le dibujó en el rostro – es lo que manda el mercado laboral en estos tiempos hijo. Si se pudiera, se pagaría más, pero en este momento, más significa menos ganancia para la empresa. Son tiempos difíciles. Todos tenemos que hacer el sacrificio. ¡Bien! ¿qué dices jovencito? Es un trabajo en blanco en una firma de prestigio internacional.

– Está bien – dijo con poco convencimiento – me interesa. Llevo meses sin trabajar.

-¡Muy bien! ¡Felicitaciones! Empezaremos los papeles ahora mismo – sonrió alegre el tipo, ofreciéndole estrechar su mano.

Carlos Manuel Vicente

 

MERITOCRACIA: AFUERA QUEDAN LOS QUE QUIEREN

sistema-educativo-estc3a1ndarLa ecuación es muy simple: meritocracia significa, un gobierno en donde los que gobiernan son aquellos que hacen los méritos suficientes
para gobernar. Si trasladamos esto a la educación, a la calificación de los alumnos para ser precisos, se traduce en que las notas que los alumnos obtienen, reflejan en gran medida el esfuerzo que pusieron en estudiar. Hasta aquí, la teoría desarrollada en dos renglones, parece magnífica e incluso hasta sensata. ¿No es obvio que los estudiantes aprueben de acuerdo a lo que han aprendido? ¿No es más lógico aún, que si no han dedicado tiempo y esfuerzo sean reprobados? – ¡Por supuesto! – dirán muchos hasta ahora, y quizás a algunos les den ganas de aplaudir. Pero cuidado. A esta altura todos deberíamos saber que, ningún sistema de calificación, como ningún sistema de gobierno, es en la praxis lo que en la teoría. La “nueva” forma que se pretende difundir en la enseñanza, por empezar no tiene nada de novel, ya que proviene de viejas ideas asociadas a los estados burocráticos y sociedades fuertemente competitivas, todas ellas, bajo las insignias del orden capitalista.

            El problema de la educación, no está en la manera de calificar, que no es otra cosa que la forma de medir el aprendizaje, sino en los procesos para alcanzar el mismo. En palabras claras: podemos tener el mejor medio de evaluación, ahora, si en el camino que los estudiantes desarrollaron se falla en la enseñanza, ninguno aprobará. El resultado, siguiendo a la meritocracia, sería que esos alumnos no aprueban porque no pusieron el esfuerzo suficiente. El ejemplo también puede invertirse: un niño o adolescente con capacidades que superen a la media, de pronto se encuentra ante la situación de que, con muy poco esfuerzo le alcanza para lograr un aprobado, y no desarrolla ese potencial que tiene. Sin embargo, la complejidad es todavía mayor, porque para establecer reglas en donde la magnitud de calificación sea el mérito, es necesario tener un buen instrumento de medición de ese mérito. ¿Los docentes están instrumentados para medir de esa forma?

Evitemos la respuesta para no generar polémicas, pero continuemos buceando en la competencia por mérito. Claro, porque hasta aquí no dijimos que la meritocracia se basa también en la competitividad y en el individualismo, curiosos actores del mundo capitalista. Competir es positivo, siempre y cuando las reglas establecidas, pongan en igualdad de condiciones a los participantes. Aquí es donde encontramos el mayor punto de conflicto. En la escuela argentina, y de otros países periféricos, las condiciones de igualdad, no están dadas, porque nuestra sociedad no es igualitaria. Negarlo, es como negar que se necesita el aire para respirar; un cinismo propio de personas que sólo pueden concebir un mundo donde no se quiera superar las diferencias sociales.

Los chicos que van a la escuela, muchas veces no tienen los recursos para afrontar su enseñanza. Y si bien hablamos siempre de un trasfondo económico que, es el responsable de una nación donde existen tantas desigualdades, esto se traduce en la realidad en una escasez de recursos afectivos, emocionales, culturales, entre otros más. La meritocracia puede permitir medir el esfuerzo, y puede sonar muy bonito a los oídos de algunos, pero no será el mejor sistema que se emplee, como tampoco lo será cualquier otro, si no se tienen en cuenta todos los factores y actores que inciden en la educación. Es necesario, revalorizar la escuela, convertir la concepción que se tiene del conocimiento para que sea visto como un instrumento de superación personal, pero además colectiva y social. Por el contrario, si no se empieza por buscar un cambio profundo, y modificar tan sólo la forma de calificar, será una modificación de la manera de excluir y de seguir reproduciendo desigualdad. Un último interrogante, abre más respuestas y ejemplifica todo este asunto de la meritocracia: Si una parte de la sociedad, no ve en la educación un medio para alcanzar un futuro mejor, ¿es coherente pensar que hará méritos por educarse?  

                                                           Prof. Carlos Manuel Vicente

LA DIGNIDAD HUMANA NO ES EL TRABAJO, ES LA LIBERTAD.

Chicago, Estados Unidos, 1 de mayo de 1886. Unos 200 mil trabajadores protestan en forma pacífica, reclamando por una jornada laboral de ocho horas. La policía, guardiana del capital, reprime con violencia. Incidentes obvios, de personas humanas que se defienden ante la agresión, pasarán a la historia como los “incidentes de Haymarket”. Un juicio injusto tiempo después, reivindica a los patrones industriales y condena a prisión a tres trabajadores, y a la muerte a otros cinco, por haber cometido el crimen de intentar conseguir derechos que no tenían. Cadena perpetua y trabajos forzados, acompañaran el resto de sus vidas a Samuel Fielden, Oscar Neebe y Michael Schwab. De los restantes, Louis Lingg, se suicida en el calabozo. Los demás, George Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons y August Spies, caminan hasta la horca, portal a la inmortalidad. El Congreso Obrero Socialista, en la Segunda Internacional, ocurrida en París en 1889, decide recordar aquel día por siempre, como el de los “Mártires de Chicago”, y el Internacional de los Trabajadores. Es la única celebración universal, aunque como debía ser, en algunos países de fuerte industria como EE.UU., no se festeja.

“El trabajo dignifica”, es una frase fácil de soltar para muchos, difícil de aceptar para otros tantos, pero que encierra más injusticia y contradicción que otra cosa. Trabajar hace que el hombre se funda con la naturaleza, que elabore elementos para su vida, para una existencia mejor, para desarrollar su potencial intelectual, para traducir en la práctica las brillantes ideas de la imaginación humana, para poner en manifiesto su libertad y a través de ella volverse digno de su ser. ¿Eso hacen los trabajadores cada día en el presente mundo capitalista? Los individuos vagan de un empleo a otro, pocos trabajan en lo que les gustaría, y los que lo hacen, no reciben los salarios correspondientes. Muchos no tienen trabajo, y muchos son invitados a no trabajar a cambio de una vida licenciosa. Las estructuras de pensamiento de nuestra sociedad, se mueven en dos sentidos opuestos pero que al final se juntan, contradiciendo leyes matemáticas. El trabajo es dignidad, y hay que hacerlo para que el país crezca, pero también es mejor no laburar tanto, porque hay que disfrutar la vida; son las dos escuelas filosóficas del laboro, que se hermanan en la condición de ser garantes de la clase dominante, que incrementa sus arcas, mientras los burros de carga siguen produciendo. ¿Cuándo comenzaremos a ser críticos? ¿Cuándo levantaremos la bandera de la libertad, en busca de mejores salarios, de trabajos dignos de verdad? ¿Cuándo pediremos mejor educación? ¿Cuándo saldremos a la calle a hacer el futuro?

La actualidad marca que los trabajadores argentinos no son libres. No son libres de elegir la mejor educación para sus hijos, con lo cual minan sus posibilidades. No son libres de utilizar su tiempo para lo que deseen, porque siempre hay que hacer horas extras. No son libres de pensar, porque la realidad no los deja y les ata las neuronas. En la libertad individual esta la dignidad humana, pero en la libertad colectiva esta la dignidad de la humanidad futura. El trabajo debe ser una herramienta de transformación de los seres humanos, una puesta en servicio de un futuro mejor, de una sociedad justa, fraterna e igualitaria. El día de los trabajadores debe ser una jornada de celebración, pero ante todo, de reflexión y toma de conciencia de que, tan sólo en forma unida y solidaria podremos construir una nación libre, para las generaciones que vengan.

Prof. Carlos Manuel Vicente

martires de chicago