EL PIBE DE LOS CHOCOLATES

En la esquina de Averno y Cielito, siempre merodeaba un pibe entregando golosinas a cambio de una colaboración. Envuelto en harapos, con la cara mugrienta y los mocos asomando, caminaba de aquí para allá sin tener demasiado éxito. Los mortales pasaban con prisa y no le daban bolilla. Algunos lo miraban de reojo, con cierta culpa. Otros le pasaban lejos, como queriendo no escucharlo. Uno cada tanto, le daba las gracias, pero no le ayudaba. Casi nadie se preguntaba por qué el pibe seguía con insistencia en esa esquina, todos los días. Eran contados quienes le compraban, casi con lástima, como si el muchachito necesitara tan solo la monedita. Un día pasaba una muchacha bonita, que se inquietó al verlo. No lo miró como los demás, ajeno y desconocido, sino como un alma gemela, quizás un espejo hacia un tiempo pasado, o como aquello que por capricho del destino le podría haber tocado.

-Dos chocolates por diez pesos señorita. – se apuró a decirle.

– ¿Cómo te llamás? – le dijo mientras sacaba el billete del monedero.

– Maxi. – respondió con los ojitos perdidos en las baldosas.

– Gracias. Me vas a endulzar la mañana. Espero vendas mucho hoy.

            Al mocoso se le dibujó una sonrisa, y siguió ofreciendo los chocolates a los transeúntes. La chica hizo unos pasos, pero se detuvo para mirar atrás. De pronto más gente frenaba para comprarle al pequeñito, que entregaba con apuro la mercancía de la caja de cartón que llevaba bajo el brazo. Iba haciendo un bollito los billetes que recogía, y en la carita se le confundía la mugre con la alegría. Volvió a seguir su camino la dama, pero se quedó pensando. Quizás su acción había contagiado a las personas. Tal vez al detenerse a mirar al pibe, lo hizo visible para el resto de los caminantes. O a lo mejor, lo único que hizo fue mover unos hilitos en esa trama compleja y difícil de interpretar que tiene el universo. A veces no nos damos cuenta, que un pequeño acto por más insignificante que sea, puede cambiar el mundo.

 

Carlos Manuel Vicente

LA ROSA PÚRPURA

rosa purpuraPor las calles del barrio Jardín, en las conversaciones de los vecinos, circulaba la historia de la rosa púrpura. Se decía que la misteriosa inflorescencia, se aparecía por sorpresa a los caminantes nocturnos. El cantero de una casa, la enredadera colgante de un enrejado, el pasto de la plaza, o tan solo la taza de un árbol en cualquier vereda, eran los lugares predilectos para emerger de improviso. Las personas desconfiaban de la rosa púrpura, ya que aseguraban tenía la habilidad de conceder deseos referidos al amor, pero siempre dejando detalles librados a su antojo. Irina, una muchachita del barrio, estudiante de letras, tuvo ocasión de cruzarse una noche fría de julio con ella. Caminaba despacito en la madrugada regresado del baile, cuando al doblar la esquina de la calle Pellegrini, se topó con la luminosidad de los pétalos caprichosos, que emergían de un ligustro frondoso. La cerrazón se hizo más densa, y una voz masculina y trémula, le habló directo a los oídos.

Sé que te llamás Irina, y puedo concederte el amor que tú quieras. – habló la flor.

¿Un amor? ¿De qué tipo?… rosa traicionera. – le respondió, conocedora de sus mañas.

Elije tú, tienta al destino. Dime un nombre, y lo que deseas de él. Será tuyo cuando el sol salga. – insistió.

Parece fácil. Pero los amoríos no se consiguen como en un catálogo de cosméticos.

¡Vamos chiquilla! Es la oportunidad de tu vida. Un galancete para pasar el rato, compañero y dócil, o quizás un rudo y vigoroso caballero. Un ardiente romance temporario o tal vez un amor eterno. ¡Vamos! Elije entre las opciones del universo. Yo puedo concedértelo.

Lo que quiero no puedes dármelo, ni tampoco ningún espíritu o existencia paranormal. – dijo la chica con tono severo.

¿Qué será eso tan preciado e imposible? – se inquietó la voz de la rosa.

Quiero conocer el amor por mí misma. Que me encuentre. Que me desengañe, me haga reír y llorar. Que me olvide y me reencuentre, o quizás que se vaya para siempre. ¿Acaso el amor tiene una sola cara? Sé que tiene miles, y quiero que me muestre la que más le guste. Después habré de elegir, si devolverle una sonrisa o darle una bofetada.

La voz no volvió a oírse y las penumbras de la noche se apaciguaron un poco. Irina se quedó esperando alguna última palabra, pero la rosa púrpura se marchitó despacito, hasta volverse gris y transformarse en cenizas. Nadas más que los crédulos y ventajeros, caían en la trampa. Las proposiciones traicioneras de la inflorescencia, nunca tenían efecto en los corazones aventureros.

Carlos Manuel Vicente

1816 – 9 DE JULIO – 2016

ÚLTIMA BATALLA

(a los soldados de la independencia).

La mirada callada en decisión implacable

Al futuro añorado van las huestes marchando

Caballos hambrientos, y nobles penas de acero

Tenaces pensamientos por el campo surcando.

Cruel y hondo el abismo, colmado de desengaños

Y tenebrosa ella espera con la hoz en su mano

Se quiebra el destino para hundir los corazones

La muerte cobijará un eterno descanso.

Sol que no alumbra, y la tempestad al horizonte

El viento de la carga, las espadas blandiendo

Sangre derramada que hará renacer los prados

Brotarán nuevas flores, de libertad naciendo.

Vuela el bastión granate con parca tiranía

Mil almas entregadas al ensueño preciado

Vivirán gloriosas con los pájaros del cielo

Anónimas vidas que la patria han libertado.

bande argen