LA ROSA PÚRPURA

rosa purpuraPor las calles del barrio Jardín, en las conversaciones de los vecinos, circulaba la historia de la rosa púrpura. Se decía que la misteriosa inflorescencia, se aparecía por sorpresa a los caminantes nocturnos. El cantero de una casa, la enredadera colgante de un enrejado, el pasto de la plaza, o tan solo la taza de un árbol en cualquier vereda, eran los lugares predilectos para emerger de improviso. Las personas desconfiaban de la rosa púrpura, ya que aseguraban tenía la habilidad de conceder deseos referidos al amor, pero siempre dejando detalles librados a su antojo. Irina, una muchachita del barrio, estudiante de letras, tuvo ocasión de cruzarse una noche fría de julio con ella. Caminaba despacito en la madrugada regresado del baile, cuando al doblar la esquina de la calle Pellegrini, se topó con la luminosidad de los pétalos caprichosos, que emergían de un ligustro frondoso. La cerrazón se hizo más densa, y una voz masculina y trémula, le habló directo a los oídos.

Sé que te llamás Irina, y puedo concederte el amor que tú quieras. – habló la flor.

¿Un amor? ¿De qué tipo?… rosa traicionera. – le respondió, conocedora de sus mañas.

Elije tú, tienta al destino. Dime un nombre, y lo que deseas de él. Será tuyo cuando el sol salga. – insistió.

Parece fácil. Pero los amoríos no se consiguen como en un catálogo de cosméticos.

¡Vamos chiquilla! Es la oportunidad de tu vida. Un galancete para pasar el rato, compañero y dócil, o quizás un rudo y vigoroso caballero. Un ardiente romance temporario o tal vez un amor eterno. ¡Vamos! Elije entre las opciones del universo. Yo puedo concedértelo.

Lo que quiero no puedes dármelo, ni tampoco ningún espíritu o existencia paranormal. – dijo la chica con tono severo.

¿Qué será eso tan preciado e imposible? – se inquietó la voz de la rosa.

Quiero conocer el amor por mí misma. Que me encuentre. Que me desengañe, me haga reír y llorar. Que me olvide y me reencuentre, o quizás que se vaya para siempre. ¿Acaso el amor tiene una sola cara? Sé que tiene miles, y quiero que me muestre la que más le guste. Después habré de elegir, si devolverle una sonrisa o darle una bofetada.

La voz no volvió a oírse y las penumbras de la noche se apaciguaron un poco. Irina se quedó esperando alguna última palabra, pero la rosa púrpura se marchitó despacito, hasta volverse gris y transformarse en cenizas. Nadas más que los crédulos y ventajeros, caían en la trampa. Las proposiciones traicioneras de la inflorescencia, nunca tenían efecto en los corazones aventureros.

Carlos Manuel Vicente

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