RAZÓN Y AMOR

Afuera en ese mundo silente que nos engulle,

Escucho tu espíritu latir al galope,

Meciéndose entre los susurros de la brisa.

Precipitadas nuestras miradas se cruzan,

Siento tú alma cristalina acurrucarse,

Al son de los pasos de mis caricias.

Y cuando en el mar diáfano de tus ojos,

Encuentre un rellano para mi voluntad,

Habré de regalarte parte de mí.

Le he mentido a la suerte y los dioses tiranos,

Buscando una excusa profana,

Para abrazarte ante el déspota tiempo.

Más no puedo convencer mi intelecto,

Que la tibieza inmaculada de tu esencia,

Es una reliquia ancestral perdida.

Refulgen en el aire los conjuros peregrinos,

Viajeros cósmicos, jinetes de sentires

Que tan solo presumen de envidia.

Me acerco en absoluta convicción,

A la premisa que gobierna mi delirio,

Aun sin saber que tan cuerdo estoy.

Quiero callar la razón que lancea mi amor,

Pero ese sentimiento se escuda,

En mi locura y la paz que irradia tu corazón.

 

Carlos Manuel Vicente

FEMICIDIO. LA MUERTE CON FACCIONES DE MUJER

Una muerte más. Otro femicidio. femicidioTres en un mes. Quince en el año. Suman y se incrementan las víctimas fatales por cientos. Lo que no cambia es que el rostro de la muerte siempre tiene facciones de mujer. La brutalidad tampoco se modifica, la saña, el mal, lo espantoso se vuelven cotidiano y normal. Todo eso que parece salido de los mejores relatos de horror, se presenta a diario en los matutinos, en la televisión y en internet. Está la tristeza de las familias arruinadas y el lamento eterno de los huérfanos, que muchas veces ni siquiera tienen edad para comprender lo sucedido. Pero también es triste ver que está el morbo de un público que parece ávido de sangre, en busca de detalles macabros y pestilentes.

¿Qué nos pasó como sociedad? ¿Qué hicimos para construir esta realidad? Algunos nos hacemos estos cuestionamientos, pero como son preguntas que involucran al colectivo social, no pueden ser respondidas en pocas líneas. Quizás podamos hacer un análisis sobre los factores que nos llevaron a estos puertos de aguas oscuras y tenebrosas. Pero será difícil encontrar palabras que hagan de calmantes para el dolor que provocan éstas malditas situaciones. ¿Será que siempre hemos sido así? ¿Será que los medios masivos y la instantaneidad con las que vivimos nos llevan a ver toda esa suciedad ante nuestros ojos? Este último cuestionamiento es clave, porque me atrevo a pensar que tanta porquería y miseria humana no puede haber nacido de un día para otro.

Es necesario mirarnos hacia adentro, haceruna auscultación de nuestros órganos sociales. ¿Qué pasa con nuestra educación? ¿A dónde fueron nuestros valores? Convivimos en un mundo donde no todos tenemos los mismos derechos, ni las mismas oportunidades. O mejor dicho, todos somos iguales ante la ley y el estado, pero en la práctica estamos bien diferenciados. Y cuidado, las diferencias sociales son producto de construcciones políticas, económicas e históricas, y no al revés como nos pueden hacer creer algunos. Y en medio de eso está la violencia. En este caso contra la mujer, ya que ese es el motivo de estas líneas. Somos parte de una sociedad que se ríe con el prime time televisivo, que tiene como principal atractivo a la mujer cosificada. Entiéndase por cosificación, el proceso en el cual se convierte a algo en cosa. Defínase como cosa, a un objeto que no tiene pensamiento ni derechos ni opinión, y que puede ser colocada bajo título de propiedad, sin necesidad de papel alguno.

A diario nos hacemos cómplices de chistes que se consideran ingenuos, pero que esconden detrás todas las estructuras de pensamiento arcaicas, en donde la mujer es inferior al hombre. Y reproducimos continuamente esas subjetividades negativas. Pasamos por alto una infinidad de circunstancias en donde se discrimina y se maltrata a alguien, por el solo hecho de ser mujer. Porque la violencia y la discriminación, no son solo físicas, también se practican con la palabra, con las decisiones, con las actitudes. A veces ocurre en forma inconsciente, pero en otras tantas con intencionalidad. Es hora de preguntarnos como educamos a nuestros hijos, a las generaciones venideras. Por supuesto que es necesario que la justicia actúe con rapidez e imponga castigos ejemplares. Pero también nos urge replantearnos que vamos a hacer para que nuestros niños y adolescentes, el día de mañana no repitan nuestros errores. Es hora de cambiar valores, de enseñar de verdad en igualdad de género. Es tiempo de romper todas aquellas estructuras podridas en donde la mujer es un objeto que se puede reclamar en propiedad. Una muerte, dos, veinte, cientos. ¿Cuántas se necesitan para empezar el cambio? ¿Tenemos que esperar a que nos toque de cerca? ¿Qué maten nuestra hermana, madre o hija? Es necesario empezar ahora mismo. La oportunidad de construir una sociedad diferente, se presenta cada día, cada uno con su granito de arena en el lugar que le toque. De lo contrario, ellas seguirán muriendo, y el morbo seguirá de fiesta multitudinaria.

                                                                                    Prof. Carlos Manuel Vicente.

EL HUELLA: RASTREADOR

Gregorio era un rastreador nato. En la villa lo conocían como “huella”, la sombra de los malandras, porque cuando intervenía en una búsqueda, el malhechor no se escapaba. Astucia, destreza y años de experiencia, integraban sus dotes siempre al servicio de la justicia.

Cierto día un hacendado, Aníbal Quiroz, le encargó una misión diferente. No le habían robado nada material, pero sí sospechaba que su mujer, Leticia, se divertía con un gaucho, las noches que se iba con sus amigos. Gregorio arrugó sus frondosas cejas cuando escuchó el pedido. Sabía que en esa ocasión, no podría atrapar al sujeto.

A mediodía siguiente a una salida de cacería de Quiroz con otros ricachones, se presentó el “huella” con noticias. Le dijo que su dama había sido raptada. Un caballo mal herrado, había salido al oeste muy temprano, y por el trote, llevaba dos viajeros. Estanciero y su cuadrilla, cargaron facas, fusiles y trabucos. Presurosos cabalgaron, con el sol sobre sus cabezas. Con la pista certera del rastreador invicto, pensaban ajusticiar al amante y recuperar la fugitiva. Ninguna de las cosas sucedería.  Leticia y Gregorio estaban muy lejos ya, cuando Aníbal cayó en cuenta del engaño.

Nunca más los vieron en el valle. Un hombre puede rastrear muchas huellas ajenas, y servir con honor a la verdad. Pero cuando se trata de los propios pasos, a veces es mejor olvidarlos. Y si en el camino hay algún amor intempestivo, quizás es también necesario no volver nunca hacia atrás sobre las pisadas.

Carlos Manuel Vicente

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