EL CADÁVER

desamor_hombrelluviaAquella noche tormentosa caminaba despacio, acercándome al cruce de las vías del tren. Los eucaliptos se sacudían con el ímpetu del viento, y la lluvia se derramaba con furia. Mis pensamientos estaban congelados por el frío que sentía mi cuerpo bajo las ropas humedecidas. Actuando por instinto apuraba mis pasos entre los charcos, que burbujeaban como ollas en ebullición. Con mi razón anulada por el temporal, al doblar en una esquina me sorprendió ver un bulto enorme, tendido a unos veinte metros sobre la vereda. El miedo se apoderó de mí, precedido de un escalofrío que me recorrió la espalda como un relámpago. Disminuyendo la velocidad de la caminata, me acerqué con sigilo, y cuando estuve a corta distancia, pude notar que se trataba una persona. Todos los músculos de mi organismo se tensaron, y quedé petrificado en un solo lugar. De pronto bajo el aguacero que me imbuía todo el rostro, sentí la boca seca y con gusto a lata. Saqué mi lengua y enjugué mis labios con las gotas que volcaba el cielo. Lleno de temor, y una angustia que nacía de mis intestinos y empezaba a cobrar mayor intensidad, con movimientos torpes me aproximé y arrodillé junto al sujeto. Estaba de costado casi boca abajo, con la cara hacia el lado opuesto a mi posición. Tiré de su abrigo, del hombro, y al darlo vuelta dejando su identidad al descubierto a merced de la lluvia implacable, el espanto conmovió mi alma, y el espíritu se me quebró en pedazos inservibles. El cadáver tenía mis facciones. Era como mirar un espejo que devolvía un reflejo mortecino. Aquella noche, hundido en la tempestad y las penumbras de un mundo que me hizo sentir insignificante, encontré mi muerte.

SOMBRAS TACITURNAS. Capítulo IV.

La arena del reloj corría inexorable, pero ellos se veían. Aun cuando la noche parecía decirles que no, ambos en sus besos se querían. No podían alejarse. ¿El destino caprichoso los unía? Él no tenía respuestas. Ella parecía encontrarlas pero no quería oírlas. Sólo de una cosa estaban seguros, y en lo mismo coincidían. Si había acontecimientos maravillosos en el mundo, aquel era uno de esos momentos que ninguno de los dos jamás olvidaría. El bello misterio de haberse encontrado, en tanta niebla, en tanta maraña de la vida.

Carlos Manuel Vicente

large