SOMBRAS TACITURNAS. Capítulo IV.

La arena del reloj corría inexorable, pero ellos se veían. Aun cuando la noche parecía decirles que no, ambos en sus besos se querían. No podían alejarse. ¿El destino caprichoso los unía? Él no tenía respuestas. Ella parecía encontrarlas pero no quería oírlas. Sólo de una cosa estaban seguros, y en lo mismo coincidían. Si había acontecimientos maravillosos en el mundo, aquel era uno de esos momentos que ninguno de los dos jamás olvidaría. El bello misterio de haberse encontrado, en tanta niebla, en tanta maraña de la vida.

Carlos Manuel Vicente

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