Archivos mensuales: marzo 2018

EL OCASO DE UN GIGANTE

En antiguos tiempos se erguía, imponente y sublime. Sus brazos magnificentes alzados al cielo, abrazando el aire con nobleza. Hermanado a la tierra que le dio sustento, volaban sus hojas marchitas con el viento en otoño, para regresar inmaculadas en la época en que se renuevan los sueños. Heladas noches bajo las estrellas infinitas y tardes infernales de verano, templaron su tronco, volviéndolo cada año más fuerte. Los días corrieron, se marcharon soberbios sin dar razones, dejando sólo la apariencia de lo que alguna vez habían sido. El gigante siguió allí, monumental y silencioso, contemplando su reino que se transformaba, que mutaba y se volvía un sitio diferente. Ante sus ojos cruzaron incontables súbditos, algunos de los cuales ni siquiera le rindieron tributo o se enteraron de su existencia. Creció, volviéndose un enorme templo de la naturaleza, olvidado en un triste laberinto de cemento. No le importó. Se mantuvo allí de pie, contra feroces tempestades, enfrentando los avatares de la tierra, sorteando las peripecias de su fortuna. Aun cuando su grandeza parecía ahuyentar a los fantasmas de la muerte, como cada ser vivo sobre la faz de este mundo perfecto, no tenía escapatoria y debía arribar a su destino. Nunca fue inmortal. Nadie se dio cuenta, pocos repararon en él. Aquel hombre que supo traerlo a esa tierra, tampoco sabrá de su final. Y el sol se levanta desde el este, con un manto cálido que cobija los tristes y últimos días del rey. Sus brazos ya no sostienen el firmamento; están derrumbados y vencidos, resignados a lo que no se puede evitar. Su cuerpo ya no demuestra fortaleza, apenas se sostiene como un hálito de vida, mientras se despedaza en trozos esparcidos por el suelo. Los vasallos de esta época transitan sin percatarse de su presente decadente, ignorando aquel pasado de grandiosidad, donde los niños correteaban a sus pies. Sin consuelo se extingue, en una agonía que se alarga en suplicios que nadie oye. Pocos son los que recuerdan al gigante verde, de sabia bondad, con las flores de primavera esparciendo aromas en el aire; ellos sienten la pena de un ser fraterno que muere. Es tiempo de que su fuego interior se apague y en cenizas se convierta. Tal vez en otro lugar se reencuentre con aquellos que supieron adorarlo y quiénes no. Allí en el cosmos, donde las existencias vuelvan a ser polvo de estrellas, que se aprestan a crear mundos nuevos y mejores.

Carlos Manuel Vicente

Fotografía: Patricia Bonaparte

 

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LA NIÑA DE LA FUENTE

Hay una historia que se cuenta en voz baja y circula el barrio desde hace décadas. Las viejas chismosas se hacen las zonzas cuando algún adolescente pregunta al respecto, porque saben que no es bueno hablar de eso. En los bares el silencio se adueña del ambiente, cuando un desprevenido tiene la osadía de citar la horrible leyenda. Los que estuvieron aquella mañana de junio en la plaza, hace tanto que nadie recuerda el número exacto de aquellos años oscuros, cada vez que pasan por allí se persignan y una mueca de tristeza se les dibuja en el alma. Fue cuando apareció aquella niña de 5 o 6 primaveras, hija del anonimato, sin respiración en sus pulmones, sin más días por vivir. Son pocos los escépticos que se animan a contar detalles, y aseguran que por eso taparon con tierra la fuente. El agua, elemento de vida, aquel crepúsculo gris se volvió umbral de muerte. Pasó mucho tiempo, y nunca volvieron a crecer las flores en el improvisado cantero. Ahora ya ni la fuente existe, sepultada bajo heladas baldosas, que se llevaron para siempre el espantoso recuerdo. Sin embargo los viejos, quienes recuerdan el sitio preciso y conocen lo que está oculto, siguen sintiendo la cicatriz de una vieja herida en el espíritu cuando pasan por el lugar. Hay hechos que marcan a los pueblos y se pueden quitar de la vista las pruebas de su existencia, pero nunca se puede aliviar del todo, el dolor en la memoria. Cuando un inocente encuentra la muerte, sin motivo ni razón, sin más identidad que la apariencia humana, sin que nadie le reconozca; su final es punto de partida, para que los demás mortales, puedan comprender el valor de la vida.

Carlos Manuel Vicente

 

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