EL OCASO DE UN GIGANTE

En antiguos tiempos se erguía, imponente y sublime. Sus brazos magnificentes alzados al cielo, abrazando el aire con nobleza. Hermanado a la tierra que le dio sustento, volaban sus hojas marchitas con el viento en otoño, para regresar inmaculadas en la época en que se renuevan los sueños. Heladas noches bajo las estrellas infinitas y tardes infernales de verano, templaron su tronco, volviéndolo cada año más fuerte. Los días corrieron, se marcharon soberbios sin dar razones, dejando sólo la apariencia de lo que alguna vez habían sido. El gigante siguió allí, monumental y silencioso, contemplando su reino que se transformaba, que mutaba y se volvía un sitio diferente. Ante sus ojos cruzaron incontables súbditos, algunos de los cuales ni siquiera le rindieron tributo o se enteraron de su existencia. Creció, volviéndose un enorme templo de la naturaleza, olvidado en un triste laberinto de cemento. No le importó. Se mantuvo allí de pie, contra feroces tempestades, enfrentando los avatares de la tierra, sorteando las peripecias de su fortuna. Aun cuando su grandeza parecía ahuyentar a los fantasmas de la muerte, como cada ser vivo sobre la faz de este mundo perfecto, no tenía escapatoria y debía arribar a su destino. Nunca fue inmortal. Nadie se dio cuenta, pocos repararon en él. Aquel hombre que supo traerlo a esa tierra, tampoco sabrá de su final. Y el sol se levanta desde el este, con un manto cálido que cobija los tristes y últimos días del rey. Sus brazos ya no sostienen el firmamento; están derrumbados y vencidos, resignados a lo que no se puede evitar. Su cuerpo ya no demuestra fortaleza, apenas se sostiene como un hálito de vida, mientras se despedaza en trozos esparcidos por el suelo. Los vasallos de esta época transitan sin percatarse de su presente decadente, ignorando aquel pasado de grandiosidad, donde los niños correteaban a sus pies. Sin consuelo se extingue, en una agonía que se alarga en suplicios que nadie oye. Pocos son los que recuerdan al gigante verde, de sabia bondad, con las flores de primavera esparciendo aromas en el aire; ellos sienten la pena de un ser fraterno que muere. Es tiempo de que su fuego interior se apague y en cenizas se convierta. Tal vez en otro lugar se reencuentre con aquellos que supieron adorarlo y quiénes no. Allí en el cosmos, donde las existencias vuelvan a ser polvo de estrellas, que se aprestan a crear mundos nuevos y mejores.

Carlos Manuel Vicente

Fotografía: Patricia Bonaparte

 

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