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LABIOS FRÍOS

Un hombre sin más que la soledad, tirado en su lecho y al borde del abismo de la vida. La oscuridad de los últimos días, lo llevaron a hacerse aquellas preguntas incómodas que todo su tiempo esquivó. ¿Por qué tanto caminar? ¿Por qué haber tomado tal decisión y no otra? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Todo estaba en los por qué, y en sí mismo no había nada en ellos. Contemplaba el reloj en la despintada pared y cada segundo que recortaba la aguja, parecía hundírsele en el corazón como una daga certera que lo apuñalaba. Recordó a su madre y esos ojos negros que llenaron de amor sus días de niño. Pudo ver la mirada recia de su padre y la seguridad que le transmitían sus manos fuertes, laceradas por el trabajo en los campos. Volvió a las tardes en que era inocente como sus hermanos, y rieron jugando por última vez en aquel patio de tierra que ya había desaparecido. Cientos de caras se le cruzaban, pero de algunos ya ni los nombres recordaba, aunque estaba seguro que alguna enseñanza le habían dejado, aun cuando ya no tenía la mínima importancia. Se extrañó de la dulzura del último aliento. La vida se iba, y el silencio de la habitación era casi absoluto, a excepción del reloj. Imperceptible se tornaba el roce de las sábanas en el cuerpo, así como también la respiración, e iba perdiendo noción del espacio. Caía la luz, y de la niebla que lo circundaba, emergía la figura de una mujercita alada. Jamás había visto esas facciones perfectas. Tenía la visión penetrante, y dibujó un mueca agradable con la boca, cual niña que hizo una travesura. Se acercó muy despacio y le posó la mano en el rostro. Sonrió y percibió en esa mirada una ilusión, una esperanza. El humo desaparecía, el cuarto se esfumaba, y todo dejaba de existir. El ángel estaba a su lado, y lo último que sintió fueron sus fríos labios asentársele en la mejilla, con una ternura reconfortante para el alma. Cuando el gélido beso acabó, escuchó la manecilla del reloj dar el último paso de su marcha.

 

Carlos Manuel Vicente

reloj de pared

 

 

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EL BOSQUE DE LAS SOMBRAS

Cuando era niño, al atardecer, solía mirar la entrada al bosque. Contemplar el sol hundiéndose en el horizonte, derramando un rojo escarlata que bañaba los troncos de los árboles, atrapaba mi conciencia. Las figuras de la naturaleza parecían derretirse, simulando siluetas ululantes en el vapor que despedía la tierra. Me quedaba hipnotizado por el espectáculo, de los roedores despavoridos en busca de la guarida, y las aves durmiéndose arrinconadas entre las ramas. El silencio se interrumpía con chasquidos y silbidos, hasta que ya nada más se escuchaba la música de la brisa que anunciaba la noche. Las penumbras iban devorando el bosque, bajo un cielo azulino que se volvía negro, donde las estrellas comenzaban a resplandecer con mayor intensidad. Extinguiéndose en un hecho inevitable, el día se llevaba un pedazo de mi corazón cada tarde, dejándole marcas de angustia. No podía dejar de pensar anochecer tras otro, que el reloj consumía otra jornada y nos acercaba a la muerte un poco más. Que la fauna diurna se estremecía ante la imponencia de la oscuridad, y que solo las alimañas y los entes perversos podían residirla. Mirar a ese abismo ardiente, donde los árboles se consumían hasta desaparecer en la nada, era un hecho que intentaba evitar, pero que por alguna extraña razón en mi espíritu, no podía. Esperar que el fuego se apagara, para que viviera la negrura espesa que todo lo igualaba, era un conjuro de hipnosis y redención interna. Me aterraba el pensamiento de quedar solo, atrapado en una negrura eterna, y rodeado de todas aquellas fuerzas malévolas que desconocemos. Cuando por fin podía escapar de aquel trance y volver al camino hacia casa, mi mente trastornada demoraba densos minutos en salir de esa borrachera maldita. Una sola conclusión he podido emitir en tantos años mirando al bosque de las sombras. Los humanos hemos iluminado nuestras noches, porque no estamos preparados para la oscuridad. No podemos habitarla sin temor, ni gobernar por completo la que vive en nuestros corazones.

Carlos Manuel Vicente

Fotografía: Patricia Bonaparte

ATARDECER ROJO