EL BOSQUE DE LAS SOMBRAS

Cuando era niño, al atardecer, solía mirar la entrada al bosque. Contemplar el sol hundiéndose en el horizonte, derramando un rojo escarlata que bañaba los troncos de los árboles, atrapaba mi conciencia. Las figuras de la naturaleza parecían derretirse, simulando siluetas ululantes en el vapor que despedía la tierra. Me quedaba hipnotizado por el espectáculo, de los roedores despavoridos en busca de la guarida, y las aves durmiéndose arrinconadas entre las ramas. El silencio se interrumpía con chasquidos y silbidos, hasta que ya nada más se escuchaba la música de la brisa que anunciaba la noche. Las penumbras iban devorando el bosque, bajo un cielo azulino que se volvía negro, donde las estrellas comenzaban a resplandecer con mayor intensidad. Extinguiéndose en un hecho inevitable, el día se llevaba un pedazo de mi corazón cada tarde, dejándole marcas de angustia. No podía dejar de pensar anochecer tras otro, que el reloj consumía otra jornada y nos acercaba a la muerte un poco más. Que la fauna diurna se estremecía ante la imponencia de la oscuridad, y que solo las alimañas y los entes perversos podían residirla. Mirar a ese abismo ardiente, donde los árboles se consumían hasta desaparecer en la nada, era un hecho que intentaba evitar, pero que por alguna extraña razón en mi espíritu, no podía. Esperar que el fuego se apagara, para que viviera la negrura espesa que todo lo igualaba, era un conjuro de hipnosis y redención interna. Me aterraba el pensamiento de quedar solo, atrapado en una negrura eterna, y rodeado de todas aquellas fuerzas malévolas que desconocemos. Cuando por fin podía escapar de aquel trance y volver al camino hacia casa, mi mente trastornada demoraba densos minutos en salir de esa borrachera maldita. Una sola conclusión he podido emitir en tantos años mirando al bosque de las sombras. Los humanos hemos iluminado nuestras noches, porque no estamos preparados para la oscuridad. No podemos habitarla sin temor, ni gobernar por completo la que vive en nuestros corazones.

Carlos Manuel Vicente

Fotografía: Patricia Bonaparte

ATARDECER ROJO

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