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CAÍDO EN EL FIN DEL MUNDO

2 DE ABRIL – 2019

DÍA DEL VETERANO Y DE LOS CAÍDOS EN LA GUERRA DE MALVINAS

HOMENAJE

 

Muy lejos de casa me encuentro, y no hallo mi alma en este páramo. En silencio contemplo el horizonte, las aguas profundas colmando mi tristeza y la muerte rondando. Pienso en mis padres, en mis hermanos, y el estómago se me retuerce por el hambre. El sol comienza a levantarse sobre las islas, pintando la estepa de un dorado brillante, que contrasta con el gris del cielo y los nubarrones. La brisa marina llega con su aroma, trayendo el eco de las tropas enemigas. Mis camaradas me miran y bajan la vista igual que yo. La trinchera hediendo a humedad, las manos partidas, y los pies dolidos. Armas cargadas; las últimas municiones. Se acaba el tiempo, y la vida nos jugamos. Ayer éramos veinte, apenas cinco nos contamos hoy. Detrás de nosotros las almas de los muertos nos custodian, y nos empujan a seguir. Sus tumbas, no deberían ser en vano, pero quizás nadie vaya a recordarnos. Viajamos tanto, hasta el fin del mundo, en busca del honor, y apenas podemos luchar por salvar nuestras vidas. Anoche nos juramos cuidarnos. Aquel que sobreviva cargará la mirada del resto, signando todas las jornadas por venir. El día quiere refulgir, cuando la bahía se llena de soldados que rompen el silencio. Buscan acabarnos, y nuestras fuerzas son escasas. Tomamos posiciones, apuntamos las armas, y al Señor imploramos. Aviones que sobrevuelan a toda velocidad, bombas que estallan; el paraíso convertido en infierno. Castañean mis dientes, siento el sudor helado brotando en mi espalda, las manos me tiemblan y el terror abrazándome. Todo pasa en segundos, imposibles de contar. La locura de la humanidad vivida en carne propia. Ellos se acercan, y nada podrá detenerlos. Avanzan, cruzando a través de las municiones caldeadas que cortan el aire, siguen adelante, hasta quedar delante de nosotros. Alguien grita, y un último aliento irrefrenable nos empuja a salir del escondite. No somos valientes, no somos patriotas, tan solo somos humanos tratando de salvarnos de una muerte que perece sentenciada. Intentamos con el último brío de nuestros cuerpos, empujar un poco el destino, y escapar de aquella maldición a la que nos mandaron. Mis pensamientos evaden la realidad, y cargamos como héroes diminutos contra ese batallón bien entrenado. Mis amigos corren, disparan, las balas se acaban, y empiezan a caer. Escucho los gritos, y puedo verlos desplomarse entre el humo de olor acre. Mi fusil calla, ya no tengo disparos por dar. Algo me golpea de lado, y mis pulmones sufren una sacudida. Las piernas vencidas hacen que caiga. Ruedo y quedo mirando el cielo; se ha vuelto cobrizo. No sé si es la luz solar, o mis ojos que pierden el sentido. Siento que muero. Todo se vuelve un eco lejano; las tropas marchando, los rifles detonando, los cañones explotando, los aviones surcando el firmamento. Mi último hálito me lleva bien lejos, allí donde he crecido. Estoy en los campos de trigo que labraban mis abuelos, en las acequias de riego que vienen del río de deshielo, en los montes que recorrí de niño buscando animales silvestres. Mi madre me busca para que vaya por la merienda, mi hermana bromea durante la noche antes de dormir, y mi padre sonríe al volver del trabajo. Esa es la vida que ya no tengo. Herido, lloro por eso que sé que he perdido, por la familia que nunca me verá otra vez. Yaceré aquí donde el destino me ha traído, lejos de casa. Me volveré parte de esta tierra bendita, que las manos que ahora me matan nos han robado hace tanto. Seré los vientos helados que cruzan la pradera; espíritu silbando junto a mis camaradas por los siglos venideros. Habré de convertirme en un mártir, y aunque muchos me olviden, seguiré custodiando este suelo.

CARLOS MANUEL VICENTE

 

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LABIOS FRÍOS

Un hombre sin más que la soledad, tirado en su lecho y al borde del abismo de la vida. La oscuridad de los últimos días, lo llevaron a hacerse aquellas preguntas incómodas que todo su tiempo esquivó. ¿Por qué tanto caminar? ¿Por qué haber tomado tal decisión y no otra? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Todo estaba en los por qué, y en sí mismo no había nada en ellos. Contemplaba el reloj en la despintada pared y cada segundo que recortaba la aguja, parecía hundírsele en el corazón como una daga certera que lo apuñalaba. Recordó a su madre y esos ojos negros que llenaron de amor sus días de niño. Pudo ver la mirada recia de su padre y la seguridad que le transmitían sus manos fuertes, laceradas por el trabajo en los campos. Volvió a las tardes en que era inocente como sus hermanos, y rieron jugando por última vez en aquel patio de tierra que ya había desaparecido. Cientos de caras se le cruzaban, pero de algunos ya ni los nombres recordaba, aunque estaba seguro que alguna enseñanza le habían dejado, aun cuando ya no tenía la mínima importancia. Se extrañó de la dulzura del último aliento. La vida se iba, y el silencio de la habitación era casi absoluto, a excepción del reloj. Imperceptible se tornaba el roce de las sábanas en el cuerpo, así como también la respiración, e iba perdiendo noción del espacio. Caía la luz, y de la niebla que lo circundaba, emergía la figura de una mujercita alada. Jamás había visto esas facciones perfectas. Tenía la visión penetrante, y dibujó un mueca agradable con la boca, cual niña que hizo una travesura. Se acercó muy despacio y le posó la mano en el rostro. Sonrió y percibió en esa mirada una ilusión, una esperanza. El humo desaparecía, el cuarto se esfumaba, y todo dejaba de existir. El ángel estaba a su lado, y lo último que sintió fueron sus fríos labios asentársele en la mejilla, con una ternura reconfortante para el alma. Cuando el gélido beso acabó, escuchó la manecilla del reloj dar el último paso de su marcha.

 

Carlos Manuel Vicente

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EL BOSQUE DE LAS SOMBRAS

Cuando era niño, al atardecer, solía mirar la entrada al bosque. Contemplar el sol hundiéndose en el horizonte, derramando un rojo escarlata que bañaba los troncos de los árboles, atrapaba mi conciencia. Las figuras de la naturaleza parecían derretirse, simulando siluetas ululantes en el vapor que despedía la tierra. Me quedaba hipnotizado por el espectáculo, de los roedores despavoridos en busca de la guarida, y las aves durmiéndose arrinconadas entre las ramas. El silencio se interrumpía con chasquidos y silbidos, hasta que ya nada más se escuchaba la música de la brisa que anunciaba la noche. Las penumbras iban devorando el bosque, bajo un cielo azulino que se volvía negro, donde las estrellas comenzaban a resplandecer con mayor intensidad. Extinguiéndose en un hecho inevitable, el día se llevaba un pedazo de mi corazón cada tarde, dejándole marcas de angustia. No podía dejar de pensar anochecer tras otro, que el reloj consumía otra jornada y nos acercaba a la muerte un poco más. Que la fauna diurna se estremecía ante la imponencia de la oscuridad, y que solo las alimañas y los entes perversos podían residirla. Mirar a ese abismo ardiente, donde los árboles se consumían hasta desaparecer en la nada, era un hecho que intentaba evitar, pero que por alguna extraña razón en mi espíritu, no podía. Esperar que el fuego se apagara, para que viviera la negrura espesa que todo lo igualaba, era un conjuro de hipnosis y redención interna. Me aterraba el pensamiento de quedar solo, atrapado en una negrura eterna, y rodeado de todas aquellas fuerzas malévolas que desconocemos. Cuando por fin podía escapar de aquel trance y volver al camino hacia casa, mi mente trastornada demoraba densos minutos en salir de esa borrachera maldita. Una sola conclusión he podido emitir en tantos años mirando al bosque de las sombras. Los humanos hemos iluminado nuestras noches, porque no estamos preparados para la oscuridad. No podemos habitarla sin temor, ni gobernar por completo la que vive en nuestros corazones.

Carlos Manuel Vicente

Fotografía: Patricia Bonaparte

ATARDECER ROJO