Destacado

LA NIÑA DE LA FUENTE

Hay una historia que se cuenta en voz baja y circula el barrio desde hace décadas. Las viejas chismosas se hacen las zonzas cuando algún adolescente pregunta al respecto, porque saben que no es bueno hablar de eso. En los bares el silencio se adueña del ambiente, cuando un desprevenido tiene la osadía de citar la horrible leyenda. Los que estuvieron aquella mañana de junio en la plaza, hace tanto que nadie recuerda el número exacto de aquellos años oscuros, cada vez que pasan por allí se persignan y una mueca de tristeza se les dibuja en el alma. Fue cuando apareció aquella niña de 5 o 6 primaveras, hija del anonimato, sin respiración en sus pulmones, sin más días por vivir. Son pocos los escépticos que se animan a contar detalles, y aseguran que por eso taparon con tierra la fuente. El agua, elemento de vida, aquel crepúsculo gris se volvió umbral de muerte. Pasó mucho tiempo, y nunca volvieron a crecer las flores en el improvisado cantero. Ahora ya ni la fuente existe, sepultada bajo heladas baldosas, que se llevaron para siempre el espantoso recuerdo. Sin embargo los viejos, quienes recuerdan el sitio preciso y conocen lo que está oculto, siguen sintiendo la cicatriz de una vieja herida en el espíritu cuando pasan por el lugar. Hay hechos que marcan a los pueblos y se pueden quitar de la vista las pruebas de su existencia, pero nunca se puede aliviar del todo, el dolor en la memoria. Cuando un inocente encuentra la muerte, sin motivo ni razón, sin más identidad que la apariencia humana, sin que nadie le reconozca; su final es punto de partida, para que los demás mortales, puedan comprender el valor de la vida.

Carlos Manuel Vicente

 

P1050818 b

Anuncios

LA PEOR PESADILLA

Voy a contarles mi historia más terrorífica. Anoche, cuando apagué la luz de mi habitación y mis ojos cayeron en el sendero profundo de los sueños, terminé llegando a un lugar incomprensible. Las aves silbaban alegres en los árboles y la brisa traía el aroma dulce del río que canturreaba ladera abajo. Los niños reían con las miradas desbordantes de felicidad, y los adultos en rondas hablaban sobre la libertad. El cielo diáfano, como el que jamás había visto, era el plano perfecto donde el sol brillaba resplandeciente. De pronto fui feliz y la dicha se apoderó de mi humanidad. Sin embargo, cuando las personas se percataron de mí, parecieron darse cuenta que provenía de otro mundo. Era como si supieran que yo no pertenecía a aquel sueño, y podía notar el temor que les provocaba mi sola presencia. Me expulsaban con la vista, cada uno de ellos me invitaba a marcharme. Temí y corrí con todas mis fuerzas mientras me escoltaban, pero sin hacerme más daño alguno que el de la lanza hiriente de sus pensamientos que calaba mi consciencia. Fue entonces que tropecé y desperté, en este mundo, de nuevo en esta sociedad, en esta pesadilla permanente.

Carlos Manuel Vicente