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EL BOSQUE DE LAS SOMBRAS

Cuando era niño, al atardecer, solía mirar la entrada al bosque. Contemplar el sol hundiéndose en el horizonte, derramando un rojo escarlata que bañaba los troncos de los árboles, atrapaba mi conciencia. Las figuras de la naturaleza parecían derretirse, simulando siluetas ululantes en el vapor que despedía la tierra. Me quedaba hipnotizado por el espectáculo, de los roedores despavoridos en busca de la guarida, y las aves durmiéndose arrinconadas entre las ramas. El silencio se interrumpía con chasquidos y silbidos, hasta que ya nada más se escuchaba la música de la brisa que anunciaba la noche. Las penumbras iban devorando el bosque, bajo un cielo azulino que se volvía negro, donde las estrellas comenzaban a resplandecer con mayor intensidad. Extinguiéndose en un hecho inevitable, el día se llevaba un pedazo de mi corazón cada tarde, dejándole marcas de angustia. No podía dejar de pensar anochecer tras otro, que el reloj consumía otra jornada y nos acercaba a la muerte un poco más. Que la fauna diurna se estremecía ante la imponencia de la oscuridad, y que solo las alimañas y los entes perversos podían residirla. Mirar a ese abismo ardiente, donde los árboles se consumían hasta desaparecer en la nada, era un hecho que intentaba evitar, pero que por alguna extraña razón en mi espíritu, no podía. Esperar que el fuego se apagara, para que viviera la negrura espesa que todo lo igualaba, era un conjuro de hipnosis y redención interna. Me aterraba el pensamiento de quedar solo, atrapado en una negrura eterna, y rodeado de todas aquellas fuerzas malévolas que desconocemos. Cuando por fin podía escapar de aquel trance y volver al camino hacia casa, mi mente trastornada demoraba densos minutos en salir de esa borrachera maldita. Una sola conclusión he podido emitir en tantos años mirando al bosque de las sombras. Los humanos hemos iluminado nuestras noches, porque no estamos preparados para la oscuridad. No podemos habitarla sin temor, ni gobernar por completo la que vive en nuestros corazones.

Carlos Manuel Vicente

Fotografía: Patricia Bonaparte

ATARDECER ROJO

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CAMINANDO SOLO

Cómo un hombre caminando solo

Por el valle de la muerte

Con las aves agoreras mirando siniestras

Así muchas mañanas

Me escurro entre los primeros rayos de sol.

 

Sin hogar y marchando a lo incierto

Solemnes mentiras conforman

Horas vacías de conversaciones hastiadas

Cruzar el umbral otra vez

Una noche distinta evitando un mañana peor.

 

Pasos cansados por la tierra de Tánatos

Sonreírle quisiera al fin

Pero mi alma jamás encontrará su descanso

La libertad tiene un precio

Salvar cada día con el sin sentido de vivir.

 

Carlos Manuel Vicente

 

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EL NARRADOR DEL DEMONIO

Oscuras conciencias, que gobiernan la tierra y a los hombres. Fuerzas ocultas, más allá del entendimiento; lejos de la luz. Mirar en esos ojos negros, cual abismo infinito, hacen verse hacia adentro en un reflejo fantasmal. Leguas desandadas, con los pies descalzos, lastimados después de tanto trajinar. Las llagas en el espíritu, y el viento que sopla sobre mi cara, con el aura de inmemoriales historias que persisten allí, y quieren ser contadas. Necesitan una voz, un narrador que las guíe a los oídos de quienes quieran servir. Hace tanto que el señor de la luz golpeó a mi puerta, aquella noche perdida en el pasado, pero presente en mi conciencia perturbada. A veces quiero alejarme, nadar en las gélidas y azules aguas del mar; desfallecer, y tan solo caer hasta donde nadie ha llegado jamás. Pero es su sonrisa perversa, la que alienta a mi corazón enfermo a continuar. Las voces se alzan, en un eco de caos y perdición, buscando dictarme los versos más tristes. Mi pluma está hecha de sangre, y despide alegorías profanas que carcomen los huesos de los débiles. Las historias que cuento se alimentan de la bilis de los muertos, de sus sueños harapientos, de todo aquello que perdieron por no rezar. El mal, es una energía que se disfraza en la forma de las mejores intenciones. No me escuches si me cruzas. No me prestes atención, si en algún momento me atravieso en tu camino. No leas mis cuentos si quieres sobrevivir, o mejor dicho, si quieres algún día morir, en paz.

Carlos Manuel Vicente

 

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EL OCASO DE UN GIGANTE

En antiguos tiempos se erguía, imponente y sublime. Sus brazos magnificentes alzados al cielo, abrazando el aire con nobleza. Hermanado a la tierra que le dio sustento, volaban sus hojas marchitas con el viento en otoño, para regresar inmaculadas en la época en que se renuevan los sueños. Heladas noches bajo las estrellas infinitas y tardes infernales de verano, templaron su tronco, volviéndolo cada año más fuerte. Los días corrieron, se marcharon soberbios sin dar razones, dejando sólo la apariencia de lo que alguna vez habían sido. El gigante siguió allí, monumental y silencioso, contemplando su reino que se transformaba, que mutaba y se volvía un sitio diferente. Ante sus ojos cruzaron incontables súbditos, algunos de los cuales ni siquiera le rindieron tributo o se enteraron de su existencia. Creció, volviéndose un enorme templo de la naturaleza, olvidado en un triste laberinto de cemento. No le importó. Se mantuvo allí de pie, contra feroces tempestades, enfrentando los avatares de la tierra, sorteando las peripecias de su fortuna. Aun cuando su grandeza parecía ahuyentar a los fantasmas de la muerte, como cada ser vivo sobre la faz de este mundo perfecto, no tenía escapatoria y debía arribar a su destino. Nunca fue inmortal. Nadie se dio cuenta, pocos repararon en él. Aquel hombre que supo traerlo a esa tierra, tampoco sabrá de su final. Y el sol se levanta desde el este, con un manto cálido que cobija los tristes y últimos días del rey. Sus brazos ya no sostienen el firmamento; están derrumbados y vencidos, resignados a lo que no se puede evitar. Su cuerpo ya no demuestra fortaleza, apenas se sostiene como un hálito de vida, mientras se despedaza en trozos esparcidos por el suelo. Los vasallos de esta época transitan sin percatarse de su presente decadente, ignorando aquel pasado de grandiosidad, donde los niños correteaban a sus pies. Sin consuelo se extingue, en una agonía que se alarga en suplicios que nadie oye. Pocos son los que recuerdan al gigante verde, de sabia bondad, con las flores de primavera esparciendo aromas en el aire; ellos sienten la pena de un ser fraterno que muere. Es tiempo de que su fuego interior se apague y en cenizas se convierta. Tal vez en otro lugar se reencuentre con aquellos que supieron adorarlo y quiénes no. Allí en el cosmos, donde las existencias vuelvan a ser polvo de estrellas, que se aprestan a crear mundos nuevos y mejores.

Carlos Manuel Vicente

Fotografía: Patricia Bonaparte

 

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